09 diciembre 2006

I DON'T NEED NO DOCTOR

Mi amigo Julio anda muy enfadado con los anuncios de Abanderado que han aparecido en las marquesinas de los autobuses, porque piensa que son sexistas. Después de tanta publicidad, en la que se mostraba a la mujer como mero objeto sexual carente de cerebro, no veo tan grave que un anuncio vaya de todo lo contrario, sobre todo si lo hace con cierta gracia.

El lema de la campaña, creada por la agencia DDB Barcelona, es “Quién fuera hombre”. Las modelos aparecen vestidas sólo con calzoncillos y el eslogan, superpuesto, deja entrever el pecho: “Cambio sexto sentido por instinto básico”, me parece el más logrado; o los menos conseguidos: “Cambiamos cutis perfecto por barba de tres días” y “Cambio mi complejidad por una mente simple”.
Me habría gustado más o que hubieran seguido por el lado del cine o que hubieran sido textos más elaborados, pero no están mal.

Un “microsite” en la red (http://www.abanderado.com/) permite a los usuarios bajarse como fondo de pantalla o salvapantallas las imágenes publicitarias y en la zona de juegos se reta a los internautas a mejorar los eslóganes, con un "ipod" de premio. Habrá que aguzar el ingenio.
Cada año me parece que ponen antes los adornos de navidad; era 14 de noviembre y ya estaba todo rezumando papasnoeles, renos, estrellas y reyesmagos. Con ellos empieza todo aquello que odio: los anuncios de colonias, los juguetes, el turrón de Jijona grasiento y los atascos en el centro de la ciudad; los besos en el trabajo, como si no fuéramos a volver a vernos después de las fiestas; las compras apresuradas; las cenas con esos amigos a los que sólo vemos en estas fechas y que no son amigos ni nada; los regalos por compromiso, las doce uvas. Por si me dan tentaciones consumistas, me estoy releyendo Vivir mejor con menos, de A. Arrizabalaga y D. Wagman (Ed. Aguilar). Definitivamente, va a ser mi regalo de navidad por excelencia, lo pienso encasquetar a diestro y siniestro. Aunque, ahora que lo pienso, los autores piden expresamente que se lea el libro y se pase luego a otro lector; no es su intención convertirlo en un éxito de ventas. Como no me aplique, al final acabaré sucumbiendo al dichoso espíritu navideño.

También detesto los regalos que nos hacen en las tiendas por comprar: otra colonia y le regalamos un neceser; por compras superiores a 100 euros (¡100 euros!, pero ¿alguien se puede permitir gastar 100 euros de golpe?), un paraguas. De hecho, sólo tengo los paraguas que me regalan en la perfumería de la esquina: cada año caen dos o tres, que acaban rotos a las pocas semanas de uso. Neceseres: todas las primaveras hago lotes para mi familia y amigos. En lugar del neceser o del paraguas, o de la bolsa de fin de semana, yo preferiría que me hicieran un descuento en la compra. O que me dieran más cantidad de colonias o productos de perfumería. O, directamente, que me regalaran lo que iba a comprar. De esta forma me fidelizarían ad aeternum.

Es como los regalos de los bancos: una cafetera por abrir una cuenta, pero luego nos clavan a intereses. Otros ofrecen un juego completo de cama por contratar la hipoteca (un símil muy elaborado, pero tan burgués como los que utilizan “hacer el amor” en lugar de “follar”, porque piensan que es de mala educación). El caso es que nos matan a comisiones, no bajan las hipotecas o cobran los números rojos como si fueran de oro, pero eso sí, decoran nuestro dormitorio con un gusto excelente.

Entre estos obsequios inútiles, las colecciones por fascículos y los regalos que hacen los periódicos, no me extraña que se estén terminando los combustibles sólidos y las materias primas, ni que haya niños explotados en los países en vías de desarrollo (otro eufemismo burgués para no llamarles “pobres”). Dicen los científicos más realistas que el cambio climático ya no hay quien lo pare. Seguramente también estarán contribuyendo a ello los fabricantes de tonterías para llenar las tiendas de “Todo a cien”. ¡Qué desperdicio de materias primas, de energía, de combustible y de carburante para fabricar cosas inútiles, feas y de mala calidad!

He leído también que el mundo sucumbirá cuando todos los chinos quieran tener como nosotros automóvil, aire acondicionado y empiecen a utilizar el papel higiénico. Pero yo digo que no llegaremos tan lejos. Se acabará cuando todos los asiáticos se pongan a comprar como locos en los “Todo a cien”.

Por si se adelanta el día del juicio, yo me conecto todos los días a YouTube, para ver en acción a los Small Faces, Humble Pie y Steve Marriott.
I don't need no doctor, no, no
'Cause I know what's ailing me
I've been too long away from my baby, ahh!
I'm coming down with a misery
Cada vez que me arrepiento de haber dejado a mi terapeuta, busco en YouTube I don’t need no doctor y canto con Marriott el estribillo muy alto, por si acaso.



Al final, mi terapeuta achacaba todo al sexo y a que yo mantuve desde mi nacimiento una lucha a muerte con mi padre por el coño de mi madre, lo que me parece, cuando menos, una ordinariez. Sólo de pensarlo, se me pone la carne de gallina.

Por menos dinero del que pagaba por una sesión, he comprado en La conquista de la voluntad, de Enrique Rojas y, en lugar de escribir sobre proyectos de vida, estoy apuntando lo que me gustaría conseguir en los próximos meses.

Now the doctor say I need rest
Before I need her tenderness
Put me on the critical list
When all I need is her sweet kiss
He gave me a medicated lotion
But it didn't soothe
My emotion
P.S. para Tinoarg:
Es más divertido tener múltiples proyectos, como dices, pero si uno no se aplica a fondo a algo, al final, no consigue nada. No lo llames “proyecto de vida”, si no quieres, pero es mejor ir de proyecto en proyecto y no cejar ni pasar al próximo mientras no se haya conseguido el primero. Sólo con constancia y sacrificio se consiguen las cosas que uno quiere. Cualquier otra forma de actuar es poco efectiva

La falta de compromiso es una manga ancha que nos concedemos para justificar nuestros fracasos. Es fácil decir que uno no triunfó porque no se aplicó a la tarea al cien por cien, pero es engañarse a uno mismo.

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