22 junio 2006

SEX AND THE CITY



Es verano y las chicas se desnudan para mí y me entran ganas de decirles a algunas: "No os molestéis", porque salta a la vista que no han seguido un curso de estilo en The House of Colour y para colmo han perdido todo el pudor femenino que se les suponía. A mí, esta liberación del pudor femenina me parece contraproducente y casi que las prefería cuando estaban un poco avergonzadas de su aspecto, porque eso nos permitía imaginar las maravillas que escondían sus cuerpos.


Es verano, espero el autobús, hace calor bajo la marquesina, me paseo y me entretengo mirando los escaparates; leo un anuncio pegado en la tienda de electricidad para distraerme: "Jack Russell terrier macho se ofrece para montas." Un número de teléfono y una foto del perro, de lejos, en una carretera, como un puntito pequeño que apenas se distingue. Lo menos que podía pedirse es una foto de cerca y en la que estuviese empalmado, para ver el tamaño.


Va a haber luna nueva y yo sigo igual de salido que hace dos semanas con la luna llena.
La verdad es que, como me dice mi amiga Verónica, a mí me gustan todas y, si son gorditas, mejor, pero no puedo soportar la falta de estilo; no la soporto en los hombres y mucho menos en las mujeres. Ha llegado el verano, aunque hace dos meses que habita entre nosotros, y yo no hago más que ver mujeres medio desnudas, con tetas moviéndose desaforadas en sujetadores muy pequeños y culos expuestos al público, con sus celulíticas miserias y su flacidez impertinente. Por la calle, en la oficina, en mi mente. Las mujeres no sabéis cuidaros. Os creéis que lo importante es lo de fuera y os olvidáis del interior. Antes de meteros en la vorágine de las rebajas o de los outlets de marca para actualizar vuestro ajado vestuario por poco dinero, mi consejo es una visita y una buena inversión en una corsetería de confianza, donde os digan con franqueza que vuestra copa no es la B, como pensabais, sino la E o la G. Y aceptarlo con naturalidad. Imaginad lo reconfortante que debe de ser probarse un sujetador y que las tetas no se salgan por los lados (Mejor no pensar si la E viene de ENORMES o la G de GIGANTESCAS). ¡Ah! Y replantearse el uso del tanga.


Hablando de tangas: llevo a comer a un cliente brasileño y me cuenta que un verano conoció a la tía más cañón de toda la playa de Ipanema, hablaron, la llevó a su coche, se besaron, le metió mano y resultó que era un tío. Me quedo asombrado. La historia no es nada del otro mundo, ya lo cantó Ray Davies en Lola con los Kinks. Lo que me asombra es que se haya confesado conmigo, yo que no se lo habría contado jamás ni a un cliente ni a un proveedor, por mucha confianza que tuviera con él. Y mucho peor, que lo haya hecho en el estado hipersexual y asexuado en que yo me encuentro. Es casi un delito, peor que darle ginebra a Edgar Allan Poe.


A mí me pasa un poco como a mi cliente con la chica/chico de Ipanema, que voy todos los días al trabajo, con la mayor ilusión del mundo, y todos los días me llevo una gran decepción que me deja envarado. Hay mucho sexo en mi trabajo. Me lo administran en dosis muy elevadas cada día. Pero ahora es verano. Lo bueno del verano es que sólo me joden por las mañanas, porque hemos empezado la jornada intensiva. Intento olvidar el sexo con el fútbol del mundial de Alemania, aunque mi amiga Victoria se empeña en llamarme durante los partidos, para comentar lo bueno que está Ronaldo, Cristiano, no el gordo, o Pirlo, o el que sea que juega ese día. A mí Cristiano Ronaldo me parece un macarra, un poco del estilo de Franz Ferdinand, pero claro, Victoria no se pierde un concierto de Franz Ferdinand porque le ponen. A mí, si fuera mujer u homosexual, me gustaría Xavi Alonso, que además juega en el Liverpool.

Sex and the city. Hay sexo en toda la ciudad, pero no para mí.

Summer in the city!

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